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JARO CRISTO & SIN H PUBLICAN SU PROYECTO “THE BOYS OF VOID”

Ya está fuera “THE BOYS OF VOID”, el nuevo disco de Jaro Cristo & Sin H

 

Tras dos adelantos previos, los de Murcia presentan este nuevo trabajo bajo la batuta de Jayder que ha sido el encargado de producir el disco. The Boy Of Void consta de 10 canciones con la única colaboración vocal de hippymigué.

The Boys Of Void ya se puede escuchar en todas las plataformas digitales y la venta física se puede hacer desde www.jaroysinh.com.

 

Hay advertencias que no se olvidan, como si fueran heridas de infancia. Recuerdo París y su cielo de otoño plomizo y su suelo de hojas muertas que sonrojaban la acera. En Montparnasse está el acceso a las catacumbas de la ciudad. En ellas, un aviso: Arrete! C’est ici L’Empire de la Mort. <<¡Deténgase! Aquí comienza el Imperio de la Muerte>>.

De manera inevitable me vino a la cabeza como si me lo susurraran al oído: “LASCIATE OGNE SPERANZA, VOI CH’INTRATE”. <Vosotros que entráis, ¡abandonad toda esperanza!> Fue la sensación más vívida que he tenido sobre aquel primer pasaje donde Dante vislumbraba trémulo las puertas del infierno.

Pero en esta obra no hay ni una tenue admonición que aconseje alejarse. Jaro y Sin H nos invitan, flanqueando el escenario de un teatro en llamas y abriendo la lona de un telón tiznado de castigos, al vacío.

 

Los chicos del vacío cantan con la boca llena de tierra y pólvora. En sus ojos ceniza de una guerra donde el enemigo tiene su cara. Escriben con pistola pero no funciona.

Lleguen a la trinchera de lo inevitable; donde brotan los versos inmarcesibles.

Cierro los ojos y estoy en Normandía. Hay nubes y olor a alquitrán y brea. Escucho las miserias que entona la contienda. En medio de la masacre, un piano que las olas no llegan a rozar. En el piano, otra vez, está Jayder. Ninguna bala lo alcanza pero las oye, le hablan al oído. Él las escucha y silencioso mira hacia abajo. El piano, otra vez. Decide, entre cadáveres y soldados luchando por recoger sus tripas cubiertas de arena, ponerle música a la desesperación. Lo siento tranquilo. El cielo es cada vez más oscuro debido a los gases y los humos que los morteros bullen de su estómago. Donde otros verían angustia, él ve sinfonía y decide que no hay en el mundo nada tan sórdido como no ponerle música al desencanto de dos amigos que miran al cielo desde un foso de barro mojado, esperando que el azar les regale un beso de bala en la cabeza.

Siento, mientras oigo Kintsugi, que las arrugas de mi abuela son ríos de vida eterna que entreveran el dolor de la pérdida de una hija que sufrió dos veces el cáncer. Hay amores como frutas en una cornucopia. Hoy solo quiero besar a los que se fueron y a los que sé que se van a ir. Jaro y Sin H, Sin H y Jaro, abocados a la derrota del alma porque los poetas nunca ganan.

La soledad es un monstruo gigante que abraza con desgana. The boys of void es ese dios del templo que te mira tras el vaso con una mueca desdentada riéndose de ti. La rabia y el dolor del que sale de un entierro vestido de recuerdos que apuñalan el abdomen. Una mujer que canta un blues ahogado en una barra de bar de algún callejón de Brooklyn, luchando por no caerse.

No es fácil llorarle a un público desconocido con la voz firme. No es fácil medir el vacío que dejan los espacios entre las palabras. Esos milímetros son distancias cósmicas enlazadas por la materia que compone lo intangible: nostalgia y pena. Una vez escribí que hablar es vomitar los pensamientos, escribirlos es solo recoger el vómito con la esperanza de ahogarte en él. Yo lo sé. Y ellos también.

Sé el ruido que hace un nido de cuervos mudos en la cabeza. Sé de los llantos de un gato a medianoche. Sé lo que es sentirse un león viejo y herido con la bravía perdida. Sé, como Borges cuando recordó a Emerson, que cuando huyen de mí, yo soy las alas. Sé de la muerte. Y ellos también.

Este disco huele a invierno de cama y llanto. A pedir otro whisky con miedo. Huele a los hijos de un suicida que escriben porque es la manera más dulce de morirse.

Al final, este vacío que se me presentó al principio es la casa de mis abuelos con olor a bombones en diciembre. Es nostalgia y frío. Es eterno invierno.

No quería decirlo pero escribo borracho, colmado de delirios. Vuelvo a escuchar los acordes de guitarra del penúltimo lamento de este viaje. Es el noveno, como el noveno círculo del infierno. Jaro está solo en este tramo y se desgarra en mis cascos. Es aquí justo donde siento que Bukowski me abraza con esas manos de hombre de mar y me recita al oído que, como él, Jaro y Hermi han venido a robar las flores de las avenidas de la muerte.